Por: José Alberto Gatgens Céspedes
Periodista y escritor
Para hablar de tangos hay que hablar de Buenos Aires; para hablar de Buenos Aires, hay que hablar de Borges. Para hablar de Borges hay que hablar de sus universos, de sus creaciones, de sus mitos y de sus contradicciones. Y el más universal de los mitos, universos y creaciones de Buenos Aires nos lleva de nuevo al inicio: al tango.
Buenos Aires es una ciudad que le debe al tango gran parte de su identidad: artística, cultural, musical y mitológica. Desde sus orillas, el nuevo ritmo, mezcla de habaneras y de lástimas de inmigrantes que llegaron al río de la Plata entre fines de 1800 y principios del siglo XX, fueron creando un mundo, reflejo de sus quejas y pasiones, de sus miedos y de sus anhelos. Los barrios “orilleros” del suburbio colindaban con la creciente urbe y los campos infinitos que daban al sur, de donde venía el argentino arquetípico: el gaucho.
En los suburbios, el gaucho choca con la ciudad y se transforma en “el compadrito”, hombre pendenciero, valentón, altanero, bajo y engreído que profesaba un culto a la muerte con tal de demostrar su hombría. ¿Por qué? Porque sí. Ellos sin odio, lucro o pasión de amor se acuchillaron.
Este personaje se volverá un modelo a inmortalizar y el tango, pero principalmente la milonga, se encargarán de eso. Algunas letras de esos tangos y de esas milongas sugieren un culto a los compadritos y su hombría valerosa:
Mi tango es aquel misterio
que una bordona lo expande
desde el Plata hasta los Andes
arpegiando mi canción.
Llevando virilidades
de los suburbios y el hampa
mezclao con cardos y pampa
con guitarra y bandoneón.
“Aquí me pongo a cantar”. Ángel Greco
Borges creció en Palermo, uno de esos barrios, y vio como los hombres bailaban el tango primitivo en las esquinas, lo vio desde su ventana, desde la verja de su casa, lo oyó caminando por las calles de Palermo. Por esas calles, por esas esquinas vio a muchos de los personajes que luego poblarían sus milongas, como Nicolás Paredes, a quien luego dedicaría la “Milonga de Don Nicanor Paredes” (“Para las seis cuerdas”. 1965).
Borges dijo que “El tango es nocturno y, para mis oídos, demasiado sentimental, demasiado próximo a los melodramas franceses como Lorsque tout est fini…” Su sobrino, Miguel de Torre Borges, asegura que “definitivamente prefería la milonga... pero si de escuchar tango se trataba, volvía siempre a los antiguos tangos dichosos, ejecutados por tríos de flauta, violín y acordeón…”
Uno de esos viejos tangos que él más gustaba escuchar era “Una noche de Garufa”. Música de Eduardo Arolas y letra de Gabriel Clausi:
En las nostálgicas veladas vuelve el tiempo del ayer
con este tango que nos lleva como un sueño a su compás.
Viejos recuerdos, paicas papusas,
dulce momento del ayer.
El compositor de célebres textos ligados a lo criollo como el cuento “El Sur”, “Juan Muraña” o “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, así como de la“Milonga de dos Hermanos”, se queda con el tango viejo, el que rendía culto a los hombres que se batían en duelo o demostraban con el cuchillo su hombría, esos que sin odio/ lucro o pasión de amor se acuchillaron. Ellos están a la altura del cementerio clásico. En Borges y en “El Tango”, el mundo criollo se universaliza y lo universal se “criolliza”. El escritor sabe que “una visión épica, por definición tiene que ser unilateral. El conflicto se plantea siempre entre el héroe y la adversidad, que está siempre fuera de él…”
En el poema “El tango” (recopilado en el libro El otro, el mismo, 1964, ya había aparecido en una revista varios años antes), Borges plantea el tango como una épica respuesta a la pregunta elegiaca clásica ¿Ubi Sunt?
La elegía es un tema recurrente en el tango, especialmente en poetas tangueros como Homero Manzi, Enrique Cadícamo y Cátulo Castillo. Sirva un breve ejemplo de este último y una estrofa de su tango “Café de los Angelitos de 1944”:
¿Tras de qué sueños volaron?
¿En qué estrellas andarán?
Las voces que ayer llegaron
y pasaron, y callaron,
¿dónde están?
¿Por qué calle volverán?
Pero la diferencia principal de todos esos tangos y aún de obras de carácter elegíaco más clásicas, como las “Coplas a la Muerte del Padre”, de Jorge Manrique, con el poema de Borges, es que la reiterativa pregunta de las primeras tres estrofas del poema encuentra una respuesta contundente: hoy, más allá del tiempo y de la aciaga/ muerte, esos muertos viven en el tango.
Para Borges, el tango es una elegía, donde los muertos siguen viviendo gracias a que en la música están, en el cordaje/ de la terca guitarra trabajosa,/ que trama en la milonga venturosa/ la fiesta y la inocencia del coraje.
¿Ubi Sunt? En el tango. A diferencia de la mayoría de textos en que se plantea la pregunta elegíaca donde no hay una respuesta, sino lamentos por los que ya no están o exhortaciones al carpe diem, para el poeta bonaerense, esos muertos viven en el tango, pues Esa ráfaga, el tango, esa diablura/ los atareados años desafía;/ Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura/ menos que la liviana melodía, // que solo es tiempo. El poeta atrapa al lector desde un inicio, porque el uso de esa figura retórica obliga a un diálogo.
El poema es un “pequeño palimpsesto” donde están presentes diferentes momentos de su geografía literaria, filosófica y biográfica: ¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos/ se apiaden) que en un puente de la vía,/ mató a su hermano, el Ñato, que debía/ más muertes que él, y así igualó los tantos? Estos versos son parte de la historia de la “Milonga de dos Hermanos”: Velay, señores, la historia/ De los hermanos Iberra/ hombres de amor y de guerra/ Y en el peligro primeros,/ la flor de los cuchilleros/ y ahora los tapa la tierra. La milonga dice más adelante: Cuando Juan Iberra vio/ que el menor lo aventajaba/ la paciencia se le acaba/ y le fue tendiendo un lazo/ le dio muerte de un balazo/ allá por la costa brava. O Muraña, ese cuchillo de Palermo, también de otra de sus obras, el cuento de “Juan Muraña”.
Borges recuerda en sus versos los recorridos de niño por Buenos Aires y el tiovivo con caballos y otros animales en la calle Independencia :
Gira en el hueco la amarilla rueda
De caballos y leones, y oigo el eco
De esos tangos de Arolas y de Greco
Que yo he visto bailar en la vereda
Acerca de Greco, su sobrino, Miguel, sospecha “que usó el nombre del compositor solo para rimar con eco…”
Y el eco personal, como se afirmó más arriba, es parte del recuerdo imposible de haber muerto peleando/ en una esquina del suburbio. “Borges es nieto y bisnieto de coroneles, vástago de hombres que conocieron las lanzas de las guerras de América, descendiente de hombres muertos a caballo” . El mismo Borges dijo en su “Ensayo autobiográfico”: “De los dos lados de mi familia tengo antepasados militares; esto puede explicar la nostalgia por un destino épico que mis dioses me negaron, con prudencia indudable”.
Sin embargo, el planteamiento del ¿Ubi Sunt? de las primeras tres estrofas es solo un pre- texto con el cual Borges nos llevaba aún más allá de lo aparente: nos lleva a un metatexto, pues da pie para una reflexión y una meditación. En este argumento dentro de otro argumento, el poeta recurre a una suerte de antítesis que tiene nombre como de animal mitológico: el oxímoron, para plantearnos nuevos significados de los opuestos que chocan y se conjuntan en ese nuevo significado.
Esas meditaciones y reflexiones recogen un discurrir enumerativo que, de muchas maneras, producen la sensación de que nos encontramos ante un compendio del mundo y sobre todo, de un mundo literario, que en este poeta es también su mundo interior, ya que, según Saúl Yurkievich “Jorge Luis Borges es, por empedernido propósito y por ejercicio incesante, un hombre de letras” .
Así, podemos hacer una nueva lectura del poema, donde las paradojas son constantes: esos muertos viven en el tango. El poema “El Tango” es un gran oxímoron donde confluyen los opuestos y forman un nuevo significado: El tango crea un turbio pasado irreal, que de algún modo es cierto. Borges plantea su ambigüedad onírica final de manera que hasta el recuerdo imposible de haber muerto/ peleando en una esquina del suburbio, puede ser cierto. No por nada, el oxímoron es una de las figuras retóricas preferidas del escritor argentino.
Su juego retórico, como si fuera un genial jugador de ajedrez, va acomodando las piezas en un tablero bien conocido, la metáfora se conjuga con el encabalgamiento: Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura/ menos que la liviana melodía. Y el encabalgamiento entre estrofas sirve para reiterar que el hombre es aún menos que una liviana melodía, que solo es tiempo.
La anáfora ¿dónde estarán?, de las primeras tres estrofas, nos remite al clásico ¿Ubi Sunt?, y este a una enumeración con la puesta en escena de una realidad libresca milenaria: “pregunta la elegía”, “el malevaje”, “aquellos que pasaron dejando a la epopeya un episodio”, “una fábula al tiempo”. En este punto hay que hacer un alto, pues el autor deja de lado en la quinta estrofa la pregunta clásica elegíaca y lo hace de manera “más criolla”, (usa una elipsis) cuando pregunta por la encarnación de Caín: “¿Y ese Iberra fatal…?”. Nos responde entonces con lo universal llevado a lo criollo y lo criollo llevado a lo universal: otro oxímoron que en el tango tiene su nuevo significado. En “El Tango”, también están presentes recursos retóricos constantes en el universo borgeano, como la hipálage: “Vaga rosa”, “sórdidas noticias policiales”, “daga hostil”, “terca guitarra” y “paredes recelosas”. Además, algún hipérbaton escaso: “los atareados años desafía”.
En este poema, la noción de un tiempo convencional constituido por presente, pasado y futuro, es constantemente cuestionada mediante el polisíndeton, uso reiterado del artículo definido el: “una región en que el Ayer, pudiera ser el Hoy, el Aún, y el Todavía” se hace hincapié en una fusión de la cronología que aniquila la división de las regiones temporales. Esa respuesta hay que buscarla en otra parte: en el tango, esa ráfaga, esa diablura/ los atareados años desafía. El tiempo borgeano es heracliteano, lo que a la vez constituye otro oxímoron, ya que en el tango lo imposible deja de serlo: el oxímoron no es un lugar común, al igual que Borges.
El polisíndeton también sirve para ralentizar el ritmo del poema y hacerlo más enfático en sus ideas. Para Borges, el tiempo y el transcurrir del tiempo, es una sola cosa, a lo mejor es una esquina. Según Janice Dewey, para Borges, “el concepto del tiempo se presenta como una incógnita que hay que penetrar y se encuentra en su obra en forma de círculo y de variaciones del círculo que no admite principio ni fin y que produce una sensación de seguir infinitamente” .
A partir de ahí, Borges nos lleva por el mundo de referentes más cercanos. Esas referencias se estructuran alrededor de figuras y anécdotas familiares: “Muraña “el cuchillo de Palermo” “¿Y ese Iberra fatal” “el Ñato” hasta llegar a un paralelismo en que “una canción de gesta” es igual a “sòrdidas noticias policiales”. El panorama se estrecha y la enumeración se centra en el mundo referencial inmediato: la calle del barrio, una esquina, un rincón, una reyerta, los sonidos de la ciudad. Ya instalados en una realidad próxima, el tango va develándose como la metáfora del
tiempo: “esos muertos viven en el tango” “en la música están, en el cordaje de la terca guitarra trabajosa”, “en los acordes hay antiguas cosas”, “Esa ráfaga, el tango, esa diablura, los atareados años desafía”.
La nostalgia por el destino épico negado se transforma en poesía épica elegíaca, se transforma en el tango y el tango es a la vez un encuentro de los opuestos, de los imposibles, de los vivos y de los muertos, de los sueños imposibles que crean un pasado irreal que de algún modo, gracias al tango es cierto, por eso el tango es el recuerdo imposible de haber muerto peleando en una esquina del suburbio.
Homenaje al tango, elegía, fábula épica a los compadritos, caminos que se bifurcan en un solo cuento: un universo dentro de otro universo: una lectura dentro de otra lectura: todo esto es parte del Universo de Jorge Luis Borges: todo eso es parte de Buenos Aires, del tango. Y de nuevo al principio: Borges es un poeta circular al que le gustan las esquinas.
(adjunto el poema de Borges)
El tango
¿Dónde estarán? pregunta la elegía
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer, pudiera
ser el Hoy, el Aún, y el Todavía.
¿Dónde estarán? (repito) el malevaje
que fundó en polvorientos callejones
de tierra o en perdidas poblaciones
la secta del cuchillo y del coraje?
¿Dónde estarán aquellos que pasaron,
dejando a la epopeya un episodio,
una fábula al tiempo, y que sin odio,
lucro o pasión de amor se acuchillaron?
Los busco en su leyenda, en la postrera
brasa que, a modo de una vaga rosa,
guarda algo de esa chusma valerosa
de Los Corrales y de Balvanera.
¿Qué oscuros callejones o qué yermo
del otro mundo habitará la dura
sombra de aquel que era una sombra oscura,
Muraña, ese cuchillo de Palermo?
¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos
se apiaden) que en un puente de la vía,
mató a su hermano, el Ñato, que debía
más muertes que él, y así igualo los tantos?
Una mitología de puñales
lentamente se anula en el olvido;
Una canción de gesta se ha perdido
entre sórdidas noticias policiales.
Hay otra brasa, otra candente rosa
de la ceniza que los guarda enteros;
Ahí están los soberbios cuchilleros
y el peso de la daga silenciosa.
Aunque la daga hostil o esa otra daga,
el tiempo, los perdieron en el fango,
hoy, más allá del tiempo y de la aciaga
muerte, esos muertos viven en el tango.
En la música están, en el cordaje
de la terca guitarra trabajosa,
que trama en la milonga venturosa
la fiesta y la inocencia del coraje.
Gira en el hueco la amarilla rueda
de caballos y leones, y oigo el eco
de esos tangos de Arolas y de Greco
que yo he visto bailar en la vereda,
en un instante que hoy emerge aislado,
sin antes ni después, contra el olvido,
y que tiene el sabor de lo perdido,
de lo perdido y lo recuperado.
En los acordes hay antiguas cosas:
el otro patio y la entrevista parra.
(Detrás de las paredes recelosas
el Sur guarda un puñal y una guitarra.)
Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
los atareados años desafía;
Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura
menos que la liviana melodía,
que solo es tiempo. El Tango crea un turbio
pasado irreal que de algún modo es cierto,
el recuerdo imposible de haber muerto
peleando, en una esquina del suburbio.
¿Dónde estarán? pregunta la elegía
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer, pudiera
ser el Hoy, el Aún, y el Todavía.
¿Dónde estarán? (repito) el malevaje
que fundó en polvorientos callejones
de tierra o en perdidas poblaciones
la secta del cuchillo y del coraje?
¿Dónde estarán aquellos que pasaron,
dejando a la epopeya un episodio,
una fábula al tiempo, y que sin odio,
lucro o pasión de amor se acuchillaron?
Los busco en su leyenda, en la postrera
brasa que, a modo de una vaga rosa,
guarda algo de esa chusma valerosa
de Los Corrales y de Balvanera.
¿Qué oscuros callejones o qué yermo
del otro mundo habitará la dura
sombra de aquel que era una sombra oscura,
Muraña, ese cuchillo de Palermo?
¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos
se apiaden) que en un puente de la vía,
mató a su hermano, el Ñato, que debía
más muertes que él, y así igualo los tantos?
Una mitología de puñales
lentamente se anula en el olvido;
Una canción de gesta se ha perdido
entre sórdidas noticias policiales.
Hay otra brasa, otra candente rosa
de la ceniza que los guarda enteros;
Ahí están los soberbios cuchilleros
y el peso de la daga silenciosa.
Aunque la daga hostil o esa otra daga,
el tiempo, los perdieron en el fango,
hoy, más allá del tiempo y de la aciaga
muerte, esos muertos viven en el tango.
En la música están, en el cordaje
de la terca guitarra trabajosa,
que trama en la milonga venturosa
la fiesta y la inocencia del coraje.
Gira en el hueco la amarilla rueda
de caballos y leones, y oigo el eco
de esos tangos de Arolas y de Greco
que yo he visto bailar en la vereda,
en un instante que hoy emerge aislado,
sin antes ni después, contra el olvido,
y que tiene el sabor de lo perdido,
de lo perdido y lo recuperado.
En los acordes hay antiguas cosas:
el otro patio y la entrevista parra.
(Detrás de las paredes recelosas
el Sur guarda un puñal y una guitarra.)
Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
los atareados años desafía;
Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura
menos que la liviana melodía,
que solo es tiempo. El Tango crea un turbio
pasado irreal que de algún modo es cierto,
el recuerdo imposible de haber muerto
peleando, en una esquina del suburbio.
1 comentarios:
¡Soberbio! El transportarse,con la palabra como remo, por aguas cristalinas, no hace sino desear que la historia-río, no tuviera fin. ¡Hermoso, ché!, diría Rita Maxera, mientras Elías Carranzan con su barbilla en su puño tembloroso por el parki, asentiría con lagrima de haberlo vivido, hace muucho tiempo.
WA
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