jueves 20 de agosto de 2009

Los últimos entendidos

¿Qué puede ser más increíble y espectacular: la realidad o la ficción? La pregunta sirve para arrancar estas líneas, pues el fin de semana pasado me di la vuelta al Teatro Variedades para observar Los entendidos, una obra del Grupo Punto Cero que se presenta los viernes, sábados y domingos de agosto, a partir de las ocho de la noche.

La obra, calificada dentro del teatro del absurdo, trata de que, justo cuando están empezando la función, una fatalidad ocurre y todas las personas del planeta mueren, excepto los actores y el público. A esto agréguele que nadie puede salir del teatro, pues afuera es peligroso o insalubre.

A partir de ese momento, los que están sobre el escenario discuten sobre las posibilidades de control de los recursos que tienen dentro del edificio. Recursos que incluyen el agua potable, las medicinas, la comida de la bodega y todos los menesteres necesarios para ir pasando la vida luego del cataclismo. ¡Qué absurdo! ¿No?

¿Realidad o absurdo? Lo cierto es que sólo los protagonistas deciden quedarse con el poder para repartir y administrar a su antojo los bienes necesarios para la supervivencia. A la gente del público, que supera en varias proporciones a los actores, les cobrarán caro el acceso a los recursos y a lo sumo les darán algunas cositas con las cuales se sentirán felices de la bondad de los que más tienen. ¿Por qué? Porque ellos son los entendidos y nadie más que ellos conocen cómo administrar de manera adecuada lo que todos necesitan. ¿Me doy a entender?

¿Qué sabemos los mortales de esas cosas tan complicadas como el comercio o los costos de importación y exportación en épocas de desabasto? ¿Sabemos algo, los que no somos entendidos, de cúal es la mejor forma de administrar los servicios de salud, educación o reparto de justicia? No, por eso es mejor que los otros, los entendidos lo hagan. Ellos sí saben de eso y es mejor que lo hagan por nosotros, los espectadores pasivos que no levantamos la manos cuando los entendidos nos preguntan algo. Tienen razón los entendidos: Juan Varela, Espíritu Santo Vega y Karl Marx están bien muertos; sepultados por el peso inconmensurable del deseo de tener un ipod.

Hay un silencio cómplice del público que asiste al teatro a ver la función, que se queda pasivo, no toma parte activa de la obra, pues nosotros, el público, solo estamos para ver y dejar que los actores hagan su trabajo sobre el escenario. Así, el absurdo de querer meter al público en la obra fracasa, pues nadie de los observadores quiere complicarse la existencia, o pasar vergüenza de participar levantando la mano. De todas formas, si alguno levanta la mano, difícilmente será tomado en cuenta.

Sin embargo hay una revoltosa que quiere que se haga lo justo y lo correcto (como Demasiado Honesto), pero sufre una serie de vejaciones de parte de los entendidos, pues ella, al fin y al cabo, es de clase baja (es la tramoyista) y no entiende nada del asunto de mandar, de elecciones democráticas, debates televisivos y campañas políticas. Insisto: ¡qué absurdo!

Al final la cosa se pone mejor cuando el asunto ya no tiene salvación y la salida es inesperada, aunque es la que siempre deberíamos esperar.


Cuando salí del hermoso Teatro Variedades pensé largo rato en Los entendidos, en esos mecanismos de la literatura y de la representación para hacernos creer que nos muestran la realidad tal cual es... Y por dicha llegué a la conclusión de que la ficción nunca supera la realidad. Y en este caso tampoco, aunque se le parezca mucho. ¿Entendió?

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